Tienen sentido 200 años cuando…

Tienen sentido 200 años cuando se ilumina la alegría de nuestros alumnos ante el anuncio de una semana, laboriosa e intensa, sobre el BICENTENARIO. ¡Así es, amigos, tienen sentido! Y no os imagináis, cuando después de vivirla, se comprueba ese sentido en las miradas, las sonrisas, los abrazos, las frases, los gestos, las pinturas, los trabajos, los ánimos, el “estrés”, la faena, los carteles, el deporte, las canciones, los rezos, las ayudas… Entonces se rubrica, en sobre cerrado y lacrado a cera ardiente, el deseo de otros 200 años más educando y emocionando como se hace en Corazonistas.

Tienen sentido 200 años cuando le das al “play”, suena el himno, y puedes comprobar, “in situ” los ojos húmedos de los alumnos y la voz quebradiza, ambos por la emoción de que pertenecen a una misma familia.

Tienen sentido 200 años cuando leemos el libro de nuestro Padre Andrés y compruebas que no están, mejor dicho, que están ausentes, porque hay un silencio infrecuente y respetuoso a la vez. Entonces, compruebas y te percatas, que no sólo no están, sino que están más interesados que en ninguna otra lectura. Otra prueba de admiración por esta familia.

Tienen sentido 200 años cuando de repente aparecen en tu mesa “doscientos” 200 dibujados y otros tantos escudos. Cuando te dicen: “¿puedo cambiarle el color, la forma…?” y compruebas que los derroteros por los que les lleva su imaginación son de una excelencia sublime. Trabajos de sobresaliente. Cuando te los enseñan y el brillo en los ojos aún sigue ahí, ¿Os acordáis de él? El mismo que tenían al escuchar el himno.

Tienen sentido 200 años cuando en la Eucaristía nuestros niños y niñas participan con cierta pasión contenida por respetuosa. Cuando un profesor te cuenta que tal niño imitaba los gestos del sacerdote. ¿Quieres ser sacerdote? Y responde: ¿Por qué no? ¿Quieres ser hermano? Y responde: sí.

Tienen sentido 200 años cuando ese respeto contenido pintando, charlando, escribiendo, viendo vídeos se transforma en alegría inmensa y entusiasta en el patio, con un poco de música y unas cuantas pruebas. ¡Ay! ahí el brillo no desaparece, se intensifica, y cuando se acercan a ti, profesor, te miran y con la sonrisa de niño pillo, sanote y alegre, te están diciendo: gracias, gracias y gracias.

Todo esto y más son pruebas de admiración que nutren el corazón de nosotros los docentes y de todos los miembros de la comunidad educativa. Pruebas que nos quedan y, en ocasiones, rememoramos, también con brillo en los ojos, por aquellos 200 años de vida y por los 200 siguientes.

¡Viva Corazonistas!